Un SAI (sistema de alimentación ininterrumpida, UPS en la jerga) parece la solución universal a los microcortes, a las tormentas y al teletrabajo. En vivienda, mal dimensionado, es un calentador de baterías que no cubre ni el router; bien pensado, es unos minutos de red, un apagado limpio del ordenador y, a veces, la caldera o el concentrador local. La pregunta útil no es «¿qué SAI compro?», sino qué merece energía almacenada y qué sobra. Este artículo traza esa línea sin marcas y sin el mito de que un aparato de escritorio va a mantener la nevera.
Continuidad no es lo mismo que protección contra impulsos. Un descargador en el cuadro y un SAI se complementan: el primero recorta transitorios; el segundo aguanta un cero de red. Quien mezcle ambos problemas en un solo gadget debería leer también el criterio del protector de sobretensiones en el cuadro. Tampoco es lo mismo continuidad de internet que continuidad de vida: el segundo no se improvisa con un SAI de oficina.
Qué es un SAI doméstico y qué no
Es una caja con batería, un inversor y, según el tipo, un filtrado más o menos serio de la onda. Los hay de espera (offline), interactivos y de doble conversión. En casa, el interactivo cubre la mayoría de microcortes y bajadas; la doble conversión se reserva a equipos muy sensibles o a entornos con red sucia, con más calor y más consumo propio. No es un grupo electrógeno. No es una batería de isla solar. No mantiene una inducción, un horno ni un emisor de 2000 W salvo que se diseñe una instalación de verdad, con inversor y banco a otra escala.
La etiqueta de VA (voltamperios) no es vatios. La electrónica y las fuentes conmutadas tienen factor de potencia; hay que dimensionar por vatios reales de la carga más un margen, no por el número grande de la caja. La autonomía se declara a media carga y miente a carga plena. Un SAI «de 1500 VA» que aguanta dos minutos con una torre y un monitor no es un fraude de novela: es física de batería pequeña. Quien necesite media hora de router está hablando de pocos vatios y, a veces, de un banco específico, no del mismo aparato que se vende para el ordenador de juegos.

Qué merece respaldo
Merece el router y el ONT o el equipo de fibra, si el teletrabajo, la alarma o el teléfono dependen de ello. Merece el concentrador local de domótica si la casa no debe quedar ciega; el debate hub local frente a nube cobra sentido cuando hay un corte y la nube sigue en un centro de datos que no es el salón. Merece el ordenador de trabajo para guardar y apagar, no para seguir editando vídeo una hora. Merece, en algunos hogares, la caldera mural o la bomba de circulación, si un corte de veinte minutos en invierno deja la vivienda helada o sin agua caliente y el fabricante admite esa alimentación. Merece un pequeño NAS si se está escribiendo o copiando; el apagado sucio corrompe más que el corte de luz en sí.
La alarma, si es profesional, suele tener su propia batería: duplicar con un SAI genérico puede ser redundante o incluso incorrecto. Las cerraduras electrónicas y los motores de persiana no son, por defecto, candidatos: un corte no debería impedir una salida mecánica. Iluminar toda la casa no es función de un SAI de escritorio; para recorridos, el criterio es otro, el de luminarias de emergencia o linternas, no el de invertir 400 W de LED de salón.
Qué no merece
No merece la televisión, la consola, la impresora, el microondas, el robot de cocina ni el frigorífico, salvo escenarios muy concretos (medicación en nevera, acuarios) que ya no son un SAI de estantería sino un diseño de continuidad. No merece la lavadora. No merece el cargador del coche. No merece un emisor eléctrico. Enchufar «todo el salón» a un SAI es la forma más rápida de agotar la batería en un minuto y de sobrecargar el inversor. El enchufe de respaldo es un privilegio escaso; se asigna como un circuito de quirófano doméstico: poco y crítico.
Tampoco merece la pena un SAI para disimular una instalación con microcortes constantes por un defecto: se busca la causa. Un SAI en una línea que salta el diferencial cada tormenta morirá con la red. La continuidad empieza por una red razonable y un cuadro en orden; el aparato es la capa fina.
Autonomía, calor y baterías
Se suma el consumo real: router 10 W, concentrador 5 W, ONT 8 W, un pequeño switch. A 30 W, una batería modesta da decenas de minutos. Se añade el PC solo si hace falta apagado limpio, y se acepta que entonces la autonomía cae a minutos. Se coloca el aparato en un sitio ventilado, no en un armario cerrado sobre la caldera. Las baterías de plomo de estos equipos duran pocos años y odian el calor; las de litio, en modelos que las traen, tienen otra curva y otro precio, pero no son eternas. Un SAI olvidado es un ladrillo: hay que probarlo, sustituir batería y no tratarlo como un seguro invisible.
El software de apagado del ordenador, si se usa, debe probarse. Un SAI sin USB ni comunicación sigue valiendo para el router. El mantenimiento es prosaico: una descarga controlada al año, polvo, y no tapar las ranuras. Cuando la caja pita por batería baja de forma crónica, se sustituye el bloque, no se desconecta el pitido y se olvida.
Red, nube y lo que pasa si no hay internet
Mantener el router encendido no mantiene el servicio del operador si la avería es de central o de calle. El SAI cubre el corte eléctrico de la vivienda, no la zanja del barrio. Para trabajar sin internet hace falta un plan distinto: datos del móvil, tareas offline, documentación local. El texto sobre continuidad sin internet complementa este. Igual, un dashboard bonito en la nube no se ve si el corte es doméstico y el hub no tiene respaldo; un dashboard claro debería incluir, si se usa, el estado de esa alimentación.
En cortes largos (horas), el SAI doméstico se rinde y hay que aceptar el apagado. Pretender horas de autonomía para cargas grandes es otro producto: batería de respaldo de vivienda, grupo, o simplemente no cocinar con electricidad en esa ventana. Mezclar escalas es el origen de la decepción.
- Enchufar el salón entero al SAI «por si acaso».
- Creer que los VA de la caja son vatios de autonomía infinita.
- Olvidar router y ONT y respaldar solo el monitor.
- Meter el aparato en un armario caliente y no cambiar la batería nunca.
- Usar el SAI como sustituto de un protector de sobretensiones en el cuadro.
- Esperar que cubra un corte de operadora o una avería de calle.
El SAI de casa es una reserva de minutos para lo crítico: red, apagado limpio y, a veces, un hub; no es una central eléctrica de bolsillo.
Una asignación razonable
Se listan tres o cuatro cargas: acceso a internet doméstico, concentrador si gobierna luces o calefacción, PC de trabajo, quizá caldera. Se miden vatios. Se elige autonomía de minutos a media hora para la red, y minutos para el PC. Se deja el resto de la casa fuera. Se prueba el corte con el general del cuarto de trabajo, no el día de la entrega. Se anota la fecha de la batería. Con eso, el SAI deja de ser un fetiche de catálogo y pasa a ser una herramienta aburrida, que es exactamente lo que debe ser cuando la red se va y el resto de la familia pregunta si «funciona el wifi».
Si lo que se busca es alumbrar un pasillo en un disparo, el aparato correcto puede ser una luminaria de emergencia o una linterna, no un inversor. Si lo que se busca es no perder el frigorífico en un apagón de diez horas, el aparato correcto no está en la estantería de informática. Distinguir esos problemas es el 90 % de la decisión; el 10 % restante es leer la etiqueta en vatios y no en promesas.





